16/11/10

Palma del Río (Córdoba)

Erase un treinta de Mayo, cuando al despertar la aurora
anunciaba con matices que ya el perezoso ocaso

queda dormido en la noche, y despierta un cielo raso
acompañando el desfile de clamoroso fervor;
y con los claros del día va por la vega su río
corriendo entre los naranjos de azahares florecidos,
reflejándose en  el agua con verdosos coloridos
que va impregnando de aroma, a toda la procesión.
.
Llega ya el amanecer... ¡qué espléndida maravilla!,
los nuevos rayos de sol asoman tras la montaña
para teñir con sus tonos, naranja, dorado, y grana,
el paso de nuestra imagen, como una antorcha de Dios;
más cuando llega el cortejo por lo alto de mi calle
al doblar aquella esquina, tú me pasas por delante
mirando con esos ojos de candelas un instante,
que prenden llama en los míos, encendiendome en rubor.
.
Qué inocencia la de entonces, ¡qué inocencia virgencita!,
él continúa mirando, y yo simulo no verlo,
la sangre se me acelera porque no puedo creerlo,
y me refugio entre amigas sin aparente razón;
vamos saliendo del pueblo cantando el Ave María,
las casitas encaladas con la distancia se alejan,
y al repique de campanas los sonidos se asemejan
a redobles de alegría, que van tañendo en su honor.
.
Refresca ya la mañana con los albores del día,
hay lirios de primavera bordeando de colores
el camino recorrido con la cenefa de flores,
y reconozco su canto entre mil tonos de voz;
más cuando llega a la ermita este piadoso cortejo,
me regala una sonrisa... ¡la sonrisa le devuelvo!,
y a este sencillo acto de ternura siempre vuelvo
cuando recuerdo aquél día, tan feliz para los dos.
.
Cuantos años transcurridos, ¡cuánto tiempo desde entonces!,
de las cuentas que el rosario en mis dedos enredaba
olvidándome del credo si sus ojos me miraban,
y hasta las horas que marcan las manillas del reloj.
Hoy ya sé -aunque flaqueo en la fe de mis mayores-
que no fue la coincidencia... ¡eras tú virgen bendita
la divina mensajera que nos lleva hasta la ermita,
para poder presentarnos en ese día a los dos!